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Abogados Latinoamérica, Noticias legales Editado por Raymond Orta Martinez

Philadelphia: cuando ejercer el Derecho permite participar en la justicia

julio 30, 2026
Philadelphia: cuando ejercer el Derecho permite participar en la justicia
Philadelphia: cuando ejercer el Derecho permite participar en la justicia

Philadelphia: cuando ejercer el Derecho permite participar en la justicia

Por Raymond Orta Martínez
Sección «Abogados de película» — TuAbogado.net

En Philadelphia (1993), Andrew Beckett, interpretado magistralmente por Tom Hanks, pronuncia una de las reflexiones más sinceras que el cine ha ofrecido sobre el ejercicio de la abogacía. Cuando su abogado, Joe Miller —personificado por Denzel Washington—, le pregunta qué es lo que más ama del Derecho, Beckett responde que, de vez en cuando, aunque no ocurra con frecuencia, el abogado tiene la oportunidad de participar en la realización de la justicia.

La frase es breve, pero contiene una verdad esencial: conocer la ley no equivale necesariamente a hacer justicia. Entre ambas existe un espacio complejo, condicionado por las pruebas, los procedimientos, los prejuicios, las instituciones y la actuación de quienes intervienen en el proceso.

Un abogado convertido en víctima de la injusticia

Andrew Beckett es un abogado competente que trabaja en una prestigiosa firma de Filadelfia. Su carrera avanza favorablemente hasta que sus superiores descubren que padece sida y conocen su orientación sexual. Poco después, es despedido bajo el argumento de haber cometido una grave negligencia profesional.

Beckett sostiene que la acusación fue construida para ocultar el verdadero motivo de su despido: la discriminación.

La historia coloca al protagonista en una posición particularmente significativa. Beckett conoce el Derecho, domina sus reglas y comprende el funcionamiento de los tribunales; sin embargo, cuando él mismo se convierte en víctima, descubre que tener un derecho no garantiza automáticamente su protección.

Para que ese derecho produzca consecuencias reales, deberá probar los hechos, enfrentar los prejuicios existentes y convencer a un tribunal de que la explicación ofrecida por sus antiguos empleadores encubre una conducta discriminatoria.

La película dirigida por Jonathan Demme expone, de esta manera, una diferencia que todo abogado conoce: una cosa es la justicia proclamada por el ordenamiento jurídico y otra, en ocasiones muy distinta, es la justicia efectivamente alcanzada dentro de un proceso.

Conocer el Derecho

La primera dimensión de la reflexión de Beckett está relacionada con el conocimiento jurídico.

El abogado debe dominar las normas sustantivas y procesales, interpretar la jurisprudencia, identificar los hechos jurídicamente relevantes y comprender las cargas probatorias que corresponden a cada parte. Sin preparación técnica, la defensa de los derechos queda reducida a una declaración de buenas intenciones.

En Philadelphia, la lucha judicial no se sostiene únicamente sobre la indignación moral causada por el despido. La pretensión debe fundarse jurídicamente. Es necesario demostrar que Beckett estaba capacitado para desempeñar sus funciones y que la justificación ofrecida por la firma fue utilizada como pretexto para excluirlo debido a su enfermedad.

La película recuerda que la justicia necesita del Derecho para adquirir forma institucional. Los sentimientos de solidaridad pueden acompañar una causa, pero no sustituyen la argumentación, la prueba ni el cumplimiento de las reglas procesales.

El buen abogado debe transformar una experiencia humana en una pretensión jurídicamente inteligible y procesalmente demostrable.

Practicar la abogacía

La segunda dimensión se encuentra en el ejercicio profesional.

La abogacía no se aprende únicamente en los libros. Se desarrolla escuchando al cliente, investigando, revisando documentos, construyendo hipótesis, interrogando testigos y enfrentando versiones contradictorias de los hechos.

Joe Miller inicia el caso con sus propios prejuicios. No es presentado como un defensor idealizado ni como un héroe ajeno a las limitaciones de su entorno. Su transformación ocurre progresivamente, a medida que comprende que la discriminación sufrida por Beckett no es una cuestión abstracta, sino una violación concreta de la ley y de la dignidad humana.

Esta evolución convierte a Miller en uno de los personajes jurídicamente más interesantes de la película. Asumir una defensa no significa que el abogado comparta todas las características, ideas o decisiones personales de su representado. Significa reconocer que toda persona tiene derecho a ser escuchada, a probar sus alegaciones y a obtener una decisión fundada en Derecho.

La función del abogado consiste precisamente en impedir que el prejuicio sustituya a la prueba y que la aversión social determine el contenido de una sentencia.

Participar en la realización de la justicia

La tercera dimensión es la más profunda.

Andrew Beckett no afirma que los abogados hagan justicia por sí solos. Tampoco sostiene que todo proceso judicial concluya necesariamente con una decisión justa. Su reflexión es más prudente: ocasionalmente, el abogado puede formar parte del momento en que la justicia se realiza.

La expresión demuestra respeto por los límites de la profesión. El abogado argumenta, promueve pruebas, contradice las aportadas por la contraparte y defiende una determinada interpretación de los hechos y del Derecho. La decisión corresponde al órgano jurisdiccional.

Sin embargo, cuando una pretensión legítima es escuchada, la prueba es debidamente valorada y una persona obtiene la protección que el ordenamiento jurídico le reconoce, el abogado ha participado en algo que supera el cumplimiento ordinario de un encargo profesional.

Ha contribuido a convertir un derecho escrito en una realidad concreta.

Ese es el momento emocionante al que se refiere Beckett. No es la victoria entendida como simple derrota del adversario. Es la constatación de que el sistema jurídico, pese a sus limitaciones, todavía puede servir para restablecer la dignidad de una persona.

La prueba frente al prejuicio

Uno de los mayores aciertos de Philadelphia consiste en mostrar que los procesos judiciales no ocurren en un espacio aislado de la sociedad.

En una escena especialmente significativa, el juez afirma que dentro de la sala la justicia es ciega frente a factores como la raza, las creencias, la religión o la orientación sexual. Miller responde, en esencia, que las personas no viven exclusivamente dentro de la sala del tribunal.

La observación revela una tensión permanente. El proceso aspira a la imparcialidad, pero quienes intervienen en él pertenecen a una sociedad marcada por convicciones, temores y estereotipos. La justicia exige reconocer esa realidad para evitar que tales prejuicios influyan indebidamente en la valoración de los hechos.

Por ello, el expediente probatorio adquiere una importancia decisiva. Frente a una explicación aparentemente legítima del despido, la representación de Beckett debe revelar sus inconsistencias y demostrar que la causa invocada no corresponde con la verdadera motivación de la firma.

La película enseña que la discriminación rara vez se presenta de manera expresa. Generalmente se oculta detrás de decisiones formalmente admisibles. La labor del abogado consiste en atravesar esa apariencia, reconstruir los hechos y ofrecer al tribunal elementos suficientes para conocer la verdad jurídicamente relevante.

La abogacía como compromiso humano

Philadelphia no presenta el Derecho como una actividad fría o exclusivamente técnica. Tampoco lo reduce a grandes discursos pronunciados ante un jurado. La película muestra que detrás de cada expediente existe una historia humana.

Andrew Beckett no reclama únicamente una indemnización. Busca que se reconozca que fue tratado injustamente y que su condición de salud no podía borrar su capacidad profesional ni privarlo de su dignidad.

Esta perspectiva conserva plena vigencia. En asuntos laborales, familiares, penales, civiles o constitucionales, el abogado recibe problemas que afectan la libertad, el patrimonio, la reputación y, en ocasiones, la vida misma de las personas.

La técnica jurídica es indispensable, pero alcanza su verdadera finalidad cuando se coloca al servicio de la protección de los derechos.

Una lección para quienes ejercen el Derecho

La frase de Andrew Beckett permite resumir tres dimensiones inseparables de la profesión: conocer la ley, ejercerla con competencia y contribuir a la realización de la justicia.

Conocer sin practicar produce un saber incompleto. Practicar sin preparación técnica conduce a la improvisación. Litigar sin sentido de justicia convierte la profesión en una actividad meramente instrumental.

El abogado no siempre puede garantizar un resultado favorable. Tampoco debe confundir su convicción personal con la verdad procesal ni prometer decisiones que dependen de un tribunal. Pero sí puede garantizar estudio, diligencia, honestidad, independencia de criterio y una defensa técnicamente responsable.

En eso reside la grandeza de la profesión.

Philadelphia nos recuerda que los momentos auténticos de justicia no son frecuentes ni automáticos. Quizás por esa razón resultan tan valiosos. Cuando ocurren, el abogado comprende que su trabajo no consistió solamente en redactar escritos, citar normas o formular preguntas.

Consistió en ayudar a que una persona fuera escuchada y en impedir que el prejuicio prevaleciera sobre el Derecho.

Y pocas experiencias profesionales pueden ser más emocionantes que participar, aunque sea ocasionalmente, en la realización concreta de la justicia.

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