

Los abogados son terapeutas sin título
Por la Dra Candy Herrera de Orta
@doctora.herrera
Que bueno reencontrarnos de nuevo en este espacio que nos permite nexos, vínculos, resonancia, acompañamiento y conciencia.
Saber que escribo para ustedes me llena el alma, es como ese saltar del corazón de una cita que ya sabemos esta a punto de darse, ya vienen por nosotros y aunque ya se ha dado varias veces igual sentimos mariposas en el estómago, la expectativa porque se acerca el día de un encuentro anhelado, saber que me leen es emocionante y alegre, les agradezco siempre estar y aunque no es una interacción en la que podamos vernos y escucharnos ambos, se parece mucho a la sensación de estar juntos en TV llegando a mi audiencia a través de la pantalla, es muy gratificante leer los comentarios posteriores y saber que resolvieron los casos conmigo, y opinaron su desacuerdo o acuerdo con la decisión final
Por aquí les comparto un tema que me ocupa desde hace muchísimos años, ir más allá de la norma aprendida, poder ayudar al cliente es su camino emocional y no solo legal
El ejercicio del derecho ha sido tradicionalmente concebido como una profesión basada en el conocimiento técnico de las leyes, la interpretación normativa y la defensa jurídica. Sin embargo, la realidad social demuestra que el abogado moderno cumple una función mucho más profunda: escuchar, contener, orientar y acompañar emocionalmente a las personas en momentos de crisis.
Quien acude a un despacho jurídico rara vez llega únicamente con un problema legal. Llega con una mezcla de emociones, miedo, ansiedad, frustración, ira, tristeza o desesperación.
Detrás de cada expediente existe una historia humana,y es precisamente allí donde el abogado deja de ser sólo un profesional del derecho para convertirse, muchas veces, en una especie de terapeuta sin título.
En mi caso particular, además de ejercer el derecho, soy psicopedagoga y experta en conflictos de familia. Esta formación me ha permitido comprender que la solución de los conflictos no depende exclusivamente de artículos legales o estrategias procesales, sino también de la capacidad del profesional para comprender las emociones humanas, gestionar tensiones y conducir a las personas hacia soluciones equilibradas.
Los asuntos de familia son quizá el ejemplo más evidente. Un divorcio no es únicamente una disolución jurídica del vínculo matrimonial; es también un duelo emocional, una disputa por custodia involucra dolor, miedo y sentimientos de pérdida, y si hablamos de sucesiones familiares suelen arrastrar heridas afectivas de años.
Incluso en el derecho laboral, mercantil o civil, el componente emocional aparece constantemente: personas que se sienten traicionadas, vulneradas o desprotegidas.
Por ello, limitar la abogacía al conocimiento técnico de la ley resulta insuficiente en la actualidad.
Hay un ejercicio que aprendí hace algún tiempo y lo he practicado cuando mi intuición y actitud permeable del cliente lo permite y consiste en hacer que una parte se ponga en el lugar de la otra o contraparte por unos segundos, le planteo el caso a la inversa y créanme que funciona, le pregunto que harías en este caso si fueses…..y hago que piensen que existe otra posición que también necesita, piensa,y actúa
El psicólogo Daniel Goleman , reconocido mundialmente por desarrollar el concepto de inteligencia emocional, sostiene que el éxito profesional no depende únicamente del coeficiente intelectual, sino también de habilidades como la empatía, el autocontrol emocional y las capacidades sociales.
Goleman define la inteligencia emocional como la capacidad de reconocer nuestras propias emociones y las de los demás, gestionarlas adecuadamente y actuar de manera empática. Esta visión tiene una aplicación directa en el ejercicio de la abogacía.
Un abogado emocionalmente inteligente no sólo interpreta normas; también interpreta silencios, angustias y conductas humanas. Sabe cuándo hablar, cuándo escuchar y cómo manejar un conflicto sin agravarlo innecesariamente. Comprende que muchas veces el cliente no busca únicamente ganar un juicio, sino recuperar tranquilidad, dignidad o estabilidad emocional.
Diversos estudios sobre inteligencia emocional aplicada al derecho señalan que los abogados con mayores competencias emocionales desarrollan mejores habilidades de negociación, mediación y resolución de conflictos. En efecto, la práctica jurídica exige constantemente capacidades de contención psicológica y manejo interpersonal, aunque también debo manifestar que mi experiencia de años me ha dicho claramente que cuando una de las partes se tranca, baja la frecuencia vibracional y el narcisismo, soberbia u otra patología no le permite ceder nuestra labor es intentar que comprenda que sin él no es posible llegar a un acuerdo favorable para el caso y muchas veces el precio se traduce en tener que abandonar por la Paz de todos, pocas veces pero ocurre
La propia naturaleza del derecho está íntimamente relacionada con la conducta humana y el orden social. Desde una perspectiva filosófica, el jurista Eduardo Couture sostenía que “el derecho se transforma constantemente” porque la vida social cambia permanentemente. Esta transformación obliga al abogado a comprender no sólo las normas, sino también las dinámicas humanas que originan y sostienen los conflictos.
Asimismo, Francesco Carnelutti afirmaba que el abogado debe ejercer con sensibilidad humana, porque detrás de cada litigio existe sufrimiento. Y precisamente esa sensibilidad es la que hoy diferencia al abogado meramente técnico del profesional verdaderamente integral.
Incluso desde el punto de vista legal y constitucional, la dimensión humana del derecho resulta evidente. El principio de dignidad humana, reconocido en numerosas constituciones y tratados internacionales, constituye el eje central de los sistemas jurídicos modernos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su artículo 1 que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Esa dignidad no puede protegerse únicamente desde la frialdad normativa; requiere comprensión de la realidad emocional y social de las personas.
En muchos países latinoamericanos, las constituciones reconocen además la protección integral de la familia, el interés superior del niño, niña y adolescente así como el derecho a la integridad psicológica, así que estas disposiciones convierten al abogado en un operador social que debe actuar con prudencia emocional y responsabilidad humana.
Por ello, un profesional del derecho que carezca de empatía, inteligencia emocional o habilidades comunicativas difícilmente podrá brindar una defensa verdaderamente efectiva. Puede conocer perfectamente los códigos y las leyes, pero si no comprende a las personas, su ejercicio profesional quedará incompleto.La abogacía contemporánea exige mucho más que argumentación jurídica. Exige humanidad, conocer de valores y códigos de los cuales hablaré en un próximo artículo
El abogado de hoy debe ser mediador, orientador, negociador y, en muchos casos, un apoyo emocional para quien atraviesa situaciones límite. Debe aprender a manejar emociones intensas, reducir tensiones y ayudar a reconstruir puentes sociales y familiares.y con esto no se trata de sustituir a psicólogos o terapeutas, sino de reconocer que el derecho y la psicología conviven constantemente en la práctica profesional. La ley regula conductas humanas; y las conductas humanas están inevitablemente ligadas a las emociones.
Tal vez por eso quienes ejercemos esta profesión entendemos una gran verdad que rara vez se enseña en las universidades: los clientes no siempre recuerdan exactamente qué artículo citó su abogado, pero jamás olvidan cómo fueron tratados en el peor momento de sus vidas.
Y es allí donde el abogado deja de ser únicamente un conocedor de leyes para convertirse, inevitablemente, en un terapeuta sin título.
Nos vemos que n un próximo encuentro, cuídense mucho!